Bueno, he aquí un libro que pensé que me iba a encantar pero no ha sido así. Y no porque no tenga virtudes, que le sobran, sino porque el tema no iba conmigo.
Recuérdenme que deje de meterme en los libros a ciegas, esa costumbre no siempre sale bien. Recuérdenme también que me fije en las portadas, ¡como para no intuir de qué va!!
En fin, el caso es que aunque empecé bien, me gustó el tono, la paz que proporciona esta lectura, la pausa momentánea que produce en el no parar que son nuestras vidas... empecé a aburrirme enseguida.
Les cuento que esto va de la poeta May Sharton, cuando a la edad de 45 años decide comprar y restaurar una vieja casa en Nelson, un pequeño pueblo de New Hampshire y echar raíces.
Sharton nos cuenta con exhaustividad la reconstrucción de la casa y lo que significa ser una forastera intentando integrarse en una comunidad de vecinos austeros y reservados.
La novela está bien escrita y se vende como un antídoto contra la ansiedad moderna.
Aunque reconozco que es como una burbuja de paz, y yo así lo viví al principio, he de confesarles que se me hizo cuesta arriba y me aburrió pronto.
Porque no basta con sumergirse en las minucias de la vida de otra persona: qué muebles poner, dónde y por qué, qué flores plantar en el jardín o qué rito seguir antes de la cena. Debería haber algo más que yo no he encontrado, algo que aglutine y dé sentido a esas pequeñeces que forman la vida.
No sé, quizá sea simplemente que me gusta más lo urbano que lo rural, lo intenso que lo exquisito, el movimiento más que la tranquilidad, será que no me entusiasman las plantas...
¿La han leído? ¿La leerían? Estoy atenta a sus comentarios.
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